Misericordia es:

"La ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida" (Papa Francisco. Misericordiae Vultus)

Jesús de Nazaret

Con sus palabras, con su gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios (Papa Francisco. Misericordiae Vultus)

Misericordia es:

La vía que une a Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no abstante el límite de nuestro pecado (Papa Francisco. Misericoriae Vultus)

Misericordia es:

El acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro (Papa Francisco. Misericodiae Vultus)

La Misericordia siempre será más grande que cualquier pecado

Nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona. Papa Francisco. (Misericoriae Vultus)

Año Jubilar de la Misericordia

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5 de enero de 2016

Seguiendo una estrella

Los magos nos enseñan que la verdadera fe es entregarse a lo que nos pide Dios.
1. En el medio oriente en tiempos de Cristo había muchos magos estudiosos de diversas materias: medicina, arquitectura, las estrellas. Los magos que visitaron al recién nacido eran, según parece, estudiosos de las estrellas.

La verdadera ciencia siempre lleva a Dios. A través de la contemplación de las maravillas del universo se puede tocar a Dios de alguna manera y fortalecer nuestra fe. Preguntaron a un astronauta ruso si había visto a Dios allá arriba y él respondió que no; hicieron la misma pregunta a un astronauta estadounidense y él también respondió que no, pero que sí lo había sentido; de todos modos, añadió el mismo astronauta, no es necesario subir al espacio para sentir la presencia de Dios, basta salir al jardín y contemplar las flores.

2. Los magos nos dan un ejemplo de lo que es la verdadera fe: es una fe que compromete, que lo pone a uno en marcha, que nos saca de la propia comodidad.

3. Los magos dieron a Jesús lo mejor que tenían: oro, incienso y mirra. Lo importante no es lo que uno da a Dios sino el corazón desprendido y generoso que lo da.

Estos personajes procedentes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de aquellos que, a lo largo de todas las épocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben avanzar por los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar, así, a Aquel que aparentemente es débil y frágil, pero que en cambio puede dar la alegría más grande y más profunda al corazón del hombre.

Los dones que los Magos ofrecen a Jesús Niño representan nuestra ofrenda dominical. En la Eucaristía nosotros no ofrecemos más oro, incienso y mirra, sino a Aquel que en los santos dones está significado, inmolado, y recibido: Jesucristo nuestro Señor. La celebración eucarística es parte de nuestra respuesta fundamental a la manifestación de Dios en Cristo, y postula aún, por su propia naturaleza, la respuesta de toda la vida vivida, nuestras buenas obras, nuestras dificultades...

“También nosotros, reconociendo en Cristo a nuestro rey y sacerdote muerto por nosotros, lo honramos como si le hubiéramos ofrecido oro, incienso y mirra; sólo nos falta dar testimonio de él tomando un camino distinto del que hemos seguido para venir” (San Agustín, Sermo 202. In Epiphania Domini, 3, 4).

La invitación es a seguir el sendero de luz que nos guía, y a abrir los ojos para dejarnos sorprender por la sencillez de un niño; a tener capacidad de asombro para mirar y admirar la estrella en medio de tanta oscuridad; tener la valentía de dejarnos conducir por la luz, a pesar de Herodes.




fuente: catolic.net
                Diocesis de Querétaro

1 de enero de 2016

Epifanía del Señor

Catequesis para la Epifanía del Señor


Apenas  nacido Jesús, unos magos de países lejanos vienen a adorarlo. Ya desde el principio, sin haber hecho nada, Jesús comienza a brillar y a atraer. Es lo que después ocurrirá en su vida pública continuamente: «¿Quién es este?» (Mc 4,41). «Nunca hemos visto cosa igual» (Mc 2,12).

Además, toda la escena gira en torno a la adoración. Los Magos se rinden ante Cristo y le adoran, reconociéndole como Rey, eso es lo que significa el oro, y como Dios el incienso y preanunciando el misterio de su muerte y resurrección –la mirra–. La adoración brota espontánea precisamente al reconocer la grandeza de Cristo y su soberanía, sobre todo, al descubrir su misterio insondable. En medio de un mundo que no sólo no adora a Cristo, sino que es indiferente ante Él y le rechaza, los cristianos estamos llamados más que nunca a vivir este sentido de adoración, de reverencia y admiración, esta actitud profundamente religiosa de quien se rinde ante el misterio de Dios.

Y, finalmente, aparece el símbolo de la luz. La estrella que conduce a los Magos hasta Cristo expresa de una manera gráfica lo que ha de ser la vida de todo cristiano: una luz que brillando en medio de las tinieblas de nuestro mundo ilumine «a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte» (Lc 1,79), les conduzca a Cristo para que experimenten su atractivo y le adoren, y les muestre «una razón para vivir» (Fil 2,15-16).

Preguntas para reflexionar:
¿Me siento yo atraído por Cristo? ¿Me fascina su grandeza y su poder? ¿Qué estrellas me iluminan o guían mi camino hacia Jesús?