Año Jubilar de la Misericordia

4 de octubre de 2014

4 de octubre: SAN FRANCISCO DE ASIS

Nacido en 1182 en Asís, era hijo de Pedro Bernardone y de Mona Pica. Hasta los 24 años llevó una vida muy disipada, pero un día cayó enfermo y decidió cambiar, aunque pronto lo olvidó. Por designios eternos, a San Francisco le cupo la dicha de iniciar la reforma de la Iglesia. Entró un día en la Iglesia de San Damián y oyó la voz de Cristo, a través de un crucifijo, diciéndole: "Francisco, repara mi Iglesia, que, como ves, amenaza ruina". El creía que se trataba de aquella Iglesia material y casi derruida y él se dispuso de inmediato a la tarea. Pero no era esa tarea la que Dios le encomendaba, sino otra mejor pero más difícil y de gran trascendencia: reparar la Iglesia Espiritual de Cristo que, en aquel tiempo, amenazaba ruina. ¿Cómo lo hizo? Con humildad y oración. A partir de aquel entonces Francisco ya no sería el mismo.

Su padre, al ver su cambio, lo recoge y lo encierra en casa. Francisco tira por la ventana los paños de su padre, que lo arrastra ante el Obispo para castigarle. Y Francisco dice: "En adelante sólo diré, 'Padre Nuestro que estás en los Cielos', no 'padre Bernardone', pues le devuelvo dinero y vestidos". Y se marchó.

Su vocación surgió en la fiesta de San Matías. Al oír en el Evangelio que los servidores de Cristo no debían poseer oro ni plata, ni alforja, ni calzado ni dos túnicas, exclamó: "Esto es lo que yo buscaba y lo que quiero cumplir". Y se decidió a seguir en todo y al pie de la letra el Evangelio y los pasos de Nuestro Señor. Le siguieron discípulos y una noble doncella, Clara.

Este fue el mensaje de Francisco: reproducir en todo la vida de Jesús, vivir su pobreza, imitar sus pasos y doctrinas. "El mismo Dios me reveló, -dice su Testamento- que debía vivir según la norma del santo Evangelio". Según las "Florecillas", Cristo quiso renovar su Vida y Pasión en Francisco. El eligió doce compañeros como Jesús y, al morir, mandó traer unos panes, los bendijo y los repartió.

En Greccio comenzó la devoción del "Pesebre". En 1224, un ángel seráfico le imprimió con indescriptible hermosura las cinco llagas de las manos, los pies y el costado de Cristo, viviendo en sus últimos años una vida realmente crucificada. Tuvo un gran amor a la Virgen, amor que extendió a todos los hombres. Mimaba a los enfermos y besaba a los leprosos. Ampliaba también el amor a los animales y les hablaba con cariño. Vivía y recomendaba la oración prolongada, la obediencia, la hospitalidad, la alegría -¡la perfecta alegría!- y la humildad, hasta el punto de no querer pasar de diácono. Era enemigo de discutir y le rogaba a Dios: "¡Señor, hazme instrumento de tu paz!" Amaba sobre todo la santísima pobreza, la Dama Pobreza, tanto que pidió al Papa en Roma les concediera ese género de vida.